𝕏 @gurmetecom
Comer papas fritas de bolsa es una experiencia casi religiosa. Con ingredientes que causan estímulos divinos se convierte en una liturgia que hace que quieras más y más, y que pueden alterar tu sensación de saciedad, circuitos de recompensas y hasta tu relación con la comida. ¿Por qué, si empiezas a comerlas, no paras?
Personitas pecadoras alimentarias: ¡Hakuna patata! Vive y sé feliz, porque ningún problema puede hacerte sufrir. O, al menos, es lo que consiguen que pienses los productores de snacks de papas fritas cuando abres un paquetito. Ya lo dice la «Lay’s» universal: cuando haces pop ya no hay stop, y acabas rechupeteándote todos los dedos, recolectando hasta la última migaja cochambrosa que se te ha escurrido por el pantalón y, entonces, te quedas pensando que de lo único que no tienes mijitas es de autocontrol.

¿Alguien ha dicho pop?
El milagro es inverso al de las apariciones santas, aquí abres la bolsa y, aunque la peregrinación la empieces con la fe ciega de solo rezarle un par de credos a aquella bolsa, «dos ritos» (o tres) después sigues allí, come que come, y jurándote que solo serán un par de oraciones más. Já, ¡no te lo crees ni tú! ¡Cae entera!
Bueno, quizás estés pensando, y con razón, que la reduflación juega a favor de la desaparición fugaz del patateo. Aquello tiene más aire que papas, pero ¿Por qué no puedes parar hasta que has acabado con todas? ¿Acaso te ha poseído el Ash Ketchum de las papas fritas? ¿Hay intervención divina en el proceso? ¿Es devoción nuestra?

Tú intentando calcular cuántos gramos de producto le han quitado a tu bolsa de papas.
Empezamos a resolverte todo esto diciéndote que te absolvemos de la culpa patatil porque es la dopamina y una fórmula perfecta que mezcla grasas, azúcar y una textura crujiente junto con saborizantes, aromas, especias y sal, la que hace que se alargue tu homilía con este tipo de snacks hasta la muerte del paquete.
Ya puedes tener la santísima intención de coger «solo una», que por mucha devoción que muestres, es poco probable que no acabes cayendo en la tentación. Una tentación que, como justifican esas parejas que caen en ella en La Isla de las Tentaciones, no es solo física, sino mental: ¡Tío, te juro que no ha sido solo guarreo, he sentido cosas!

Cuando dices que no vas a volver a comer ni una papa.
A este tipo de productos ultraprocesados se les conoce como alimentos “hiperpalatables” porque están diseñados para que te resulten muy apetecibles y te causen un estado de felicidad para que los compres más veces. No es solo que te gusten porque están buenas, sino que tu cerebro recibe muchos estímulos placenteros al mismo tiempo, casi benditos, cuando las comes. Es algo así como cuando escuchas una canción del verano o uno de esos cánticos machacones religiosos:
«No pienso caer», piensas. Pero como la escuches un poco más de la cuenta, empiezas tarareando el estribillo y, sin darte cuenta, acabas alzando la mirada cantando hasta la intro a capela. Una «fórmula abierta» a circuitos de recompensa y placer que hacen que quieras «más, te quiero y quiero más de lo que tu me das» y que hace que luego los alimentos sanos no ultraprocesados te aburran más que una balada plana de siete minutos o un single de Hakuna, dependiendo de tu gusto.

Cuando dices que solo vas a coger una y ya llevas six seven.
Porque eso sí, en esta cantinela hay paquetes de papas para todos los gustos: salados que potencian el sabor eclesiástico; otros que sor-prenden o pican; algunos mix con un séquito que están que crujen, y otros muchos con demasiada grasa. Un conciertazo cristiano de emociones que es complicado ignorar y del que, ojalá, Dios nos salve.
